Vivir con inteligencia

By María, 26 Diciembre, 2011, No Comment

 

Happy Christmas

Happy Christmas

             Es muy habitual (aún) que las personas no sepan cómo resolver sus temores, lo que hace que se orienten hacia escapar de sus miedos y utilizar la astucia para sobrevivir. Cuando esto ocurre, la persona utiliza la herramienta de la memoria para imitar, para saber dar una respuesta en cada momento, para mostrar que sabe, para convencerse a sí mismo y a los demás de que sabe, que todo está bien en su interior.

              Esforzarse en mostrar o aparentar, impide encaminarse hacia entender y, por lo tanto, los miedos irán en aumento. Así, la persona se orientará, inevitablemente en conseguir, en lograr lo que necesita o cree que necesita, muchas veces tratando de satisfacer necesidades más psicológicas que reales. En esta lucha por lograr, se enredará en la comparación con otras personas, la competencia, la rabia si se siente menos que la otra persona, el odio y la envidia, serán el fruto de todo ello.

             Desde muy joven reprimirá todo este estado interior, aprenderá a esconder todos sus temores, miedos, rabias, envidias…, y a sonreír y mostrarse amable en cualquier circunstancia. Lo reprimirá porque en su confusión creyó que lo más importante era que los demás le vieran como una buena persona. Llegará a controlar tanto su mundo interno de pensamientos y emociones, que se creerá sus propios engaños, culpando a los demás de sus enfados y odios, culpando a la Vida, a la familia, amigos, etc. Con todo ello se confundirá aún más, en ocasiones se bloqueará, se quedará en blanco… Será una mente avocada al sufrimiento.

             Algunos rasgos que pueden indicarle a uno mismo que esto está ocurriendo, son el extremo cuidado con las manifestaciones externas. En su aspecto físico, si engorda, si tiene un grano, el vestido, el peinado, las uñas…, todo ello cobra un valor desorbitado, se somete al cuerpo a torturas de dietas y operaciones con tal de esquivar el miedo a la posible desvaloración de los demás. En sus expresiones verbales y corporales, tenderá a no mostrar emociones, procurará sonreír y ser afable, por temor a que le vean débil y vulnerable. Ocultara lo más posible que no sabe algo o no sabe como hacer algo, por temor a que le vean torpe o tonta.

            Esta orientación tan externa de la mente es debido a que le preocupa mucho la opinión de los otros y, por lo tanto, está esclavizada a los otros seres humanos por sus propios miedos. Suelen tener un fuerte temor a que les menosprecien, a que les menos valoren y, como consecuencia, ser apartados del grupo, quedarse aislados y solos.

            Pero si la persona comprende que no hay posibilidad de escapar del miedo, del sufrimiento, de la ignorancia, que el miedo no se resuelve enterrándolo, escapando, engañándose… entonces emprende el único camino posible, el del entendimiento. Comenzará a preguntarse cómo entender lo que le ocurre y comenzará a desandar el auto-engaño. 

            Una persona que decide enfrentar sus temores, se orienta al entendimiento. Una mente así tenderá, y llegará, a no temer la opinión de los demás y, por lo tanto, preguntará con curiosidad, indagará hasta que entienda lo que no sabe. Si algo no comprende, dirá que no sabe, no disimulará, porque habrá entendido lo importante que es no confundir su mente, ni la de los demás, con disimulos y falsedades. Una persona que indaga en si mismo, que trata de comprender, sabrá ver la batalla en la que están inmersos también los demás en su interior, por tanto, tenderá a no juzgar ni condenar a los demás, y no generará odio. Tampoco justificará los errores ni se culpará, pues eso le impediría poner toda su energía en resolver esos erreores. 

          Aprender a vivir de esta manera es verdadera inteligencia.

La indignación inteligente

By María, 12 Junio, 2011, 1 Comment

        Hoy, paseando por la ciudad, nos hemos encontrado con hombres y mujeres adultos pidiendo limosna. En realidad no pedían, mantenían su cestillo en el suelo delante de ellos, algunos avergonzados. En una calle, al amparo de la soledad del mediodía, un anciano descansaba sentado en la acera, derrotado, agotado y solo, con todos sus enseres en una maleta junto a él. Hace unos días vimos a una mujer con un niño, que buscaba en las basuras algo que comer, el niño también buscaba.

         ¿Qué sociedad hemos forjado que ha dado prioridad a fabricar armas con todo tipo de tecnología, por ejemplo, antes que asegurar las necesidades básicas de los seres humanos? Necesidades comunes a todos, tales como la vivienda, ropa y alimentos. ¿Cómo aceptamos que los gobernantes utilicen el dinero en tantas cosas, sin ocuparse en lo más básico e imprescindible?

         Podemos cambiar este estado de cosas si depuramos nuestra mente de años de condicionamiento sobre el paradigma del esfuerzo individual, del sacrificio para lograr, de la supuesta igualdad de oportunidades, la competitividad…, y aprendemos a pensar de otra manera, con inteligencia.

        Si utilizáramos nuestra fuerza e inteligencia en colaborar, buscando el beneficio común, tanto en términos de bienestar psicológico como material, ¿no habríamos resuelto ya el hambre en el mundo? ¿No habríamos resuelto el tener una vivienda sin tener que esclavizarnos por 30 o 40 años para pagarla?

        Llevamos milenios tratando de conocer las leyes del Universo, y está muy bien, pero no hemos mostrado mucho empeño en conocer las leyes de nuestra propia mente. Sin embargo, es con nuestra mente con la que vemos e interpretamos el Universo y la Vida en su conjunto. Si ese extraordinario instrumento, que es la mente, está confuso, si no sabemos utilizarlo adecuadamente, la realidad será deformada irremediablemente, con el sufrimiento que ello conlleva. La sociedad que tenemos es fruto de esa confusión, de esa ignorancia.

        ¿Les da miedo pensar que si tuviéramos nuestras necesidades básicas cubiertas, quizá caeríamos en la indolencia e inactividad? ¿O creen que algunos se aprovecharían de esta situación, y abusarían de la buena voluntad de los demás? Esto no es así. Si cada ser humano tuviera sus necesidades básicas cubiertas, viviríamos todos más tranquilos, el trabajo no sería una esclavitud para poder pagar deudas y sobrevivir. La sociedad en su conjunto sería más inteligente y colaboradora. A todos nos gustaría ser útiles, especialmente cuando no tememos por nuestra supervivencia.

        Otro obstáculo que creemos tener es que resultaría muy costoso cubrir estas necesidades básicas para cada habitante del planeta. Una vez más, esto no es cierto. En el planeta hay recursos más que suficientes, tenemos la capacidad técnica y tecnológica, y la mano de obra necesaria. Sólo hace falta un cambio de mentalidad, cambiar el enfoque del beneficio económico como meta, por el del beneficio del bien común, que incluye el propio bienestar.

        Toda la raza humana somos un sólo colectivo. Todos pensamos, sentimos, aprendemos y, en el camino de buscar la felicidad, evolucionamos, aprendemos con los aciertos y errores que nos van sucediendo. Todos formamos parte de un tejido moral que va más allá de la productividad y el beneficio.

        La mente, el ser humano que lucha por el beneficio personal, sin tener en cuenta el bien común, está actuando así por miedo, sea o no sea consciente de ello. Miedo a ser pequeño e insignificante, a que le vean débil, a ser despreciado, a no sobrevivir, etc., y generará confusión, orgullo, ambición, odio y frialdad. Una mente así busca tener razón, no comprender, y entonces la mente se torna astuta. La astucia surge del miedo, no de la inteligencia, y conduce a más errores y miedos.

         Cuando uno lucha exclusivamente por su bienestar, el miedo aumenta, y enferman la mente y el cuerpo. Pero cuando uno genera odio hacia los que luchan por su interés personal, hacia los que matan con hambre y con bombas, también genera confusión, ignorancia y miedo.

          El instrumento para cambiar el mundo ha de ser la inteligencia, la comprensión, la resolución del miedo (sobre como hacer esto ya hemos escrito en otros artículos y libros). Ha de ser la no separación de unos y otros, ni por ideologías, ni por intereses laborales, ni económicos.

          La revolución ha de ser pacífica en la acción y en el corazón. La indignación ha dado paso a la acción, pero debe ser una acción pacífica, con firmeza pero sin violencia ni agresividad. La firmeza actúa sin agredir al otro, sin odio, con la fuerza de la verdad, facilitando al otro rectificar sin tener que humillarse ni someterse, sino uniéndose a lo correcto: el bien común.

         Todos deberíamos levantarnos, insumisos a lo que está sucediendo. La acción no debe ser sólo de los jóvenes, porque entonces fracasará. La indignación no debe ser contra nadie, debe ser contra la ignorancia de la mente humana, tanto de los poderosos, de los banqueros, como de los pobres y de los ricos. La indignación debe ser de los mayores, de los jubilados, de los parados, de los sin techo, de los trabajadores y de los jóvenes, pero también de los profesionales, de los empresarios, de las fuerzas de orden público, de los políticos…, de todos. No debe ser de ninguna afiliación política, porque la indignación frente a la injusticia, pertenece a la conciencia humana en su conjunto.

Depresión sin medicación

By María, 3 Junio, 2011, 1 Comment

       Según un estudio llevado a cabo en España durante tres años, y publicado en la revista European Psychiatry (Psiquiatría Europea), 8 de cada 10 pacientes abandona la medicación con antidepresivos antes del periodo prescrito. De este porcentaje, el periodo de mayor abandono es en los primeros cuatro meses. Los resultados de esta investigación, realizada por un equipo del Instituto Catalán de Salud y del IDIAP Jordi Gold de Lleida,  evidencia que el tratamiento farmacológico es altamente ineficaz como solución a este trastorno.

      Los psicofármacos son medicamentos utilizados para tratar de corregir trastornos cognitivos, emocionales, perceptivos o de conducta. La realidad es que actúan sobre los procesos neuroquímicos cerebrales, alterando la producción o la percepción de los síntomas por parte del sujeto que los consume, lo cual no puede ser una solución del problema psicológico. En el mejor de los casos pueden servir de muleta, es decir, un paliativo temporal de los sintomas. Los problemas de origen psicológico, como la depresión, la ansiedad, agorafobia, etc. sólo pueden resolverse con abordajes psicológicos.

     Para solucionar un problema psicológico hay que entender su origen y enfrentar los factores asociados a él, tanto emocional como racionalmente.

Similitudes humanas

By María, 13 Mayo, 2011, No Comment

          Una de las circunstancias que constatamos a diario, es cómo de parecidos son entre sí muchas personas que, sin embargo, entre ellas, se perciben muy diferentes, casi antagónicas.

     Podemos, por ejemplo, tratar a Marcos (los ejemplos son figurados) de aspecto desaliñado, que se dedica al mundo de la música, le gusta escalar, lleva “rastas” en el pelo, conduce una furgoneta, se considera ideológicamente alternativo, etc; o a Juan José, un empresario, con varias decenas de empleados a su cargo, de aspecto cuidado, conduce un vehículo de alta gama, tiene mentalidad de ejecutivo…; o a Erika, una joven estudiante de formación profesional, vestida de “gótica”, conduce una “scooter”, y lo que le gusta es salir con las amigas…; o a  Mónica, una mujer profesional, orgullosa de su familia, conduce un todoterreno, y le interesa el medio ambiente y la crisis económica. Se da el caso de que entre ellos se ven diferentes, sin mucho de que hablar ni comunicar, un abismo de ideas les separa. Sin embargo, los cuatro tienen preocupaciones personales similares, como temor a la soledad, a sentirse desvalorados, miedo al fracaso, ira reprimida, quieren relacionarse mejor con los demás y sentirse bien consigo mismos.

     Tratamos a médicos y pacientes, empresarios y empleados, profesores y alumnos, jubilados y estudiantes, artistas y contables, padres e hijos, hombres y mujeres, niños y adultos, ateos y creyentes, solteros, casados, divorciados, viudos, jóvenes y mayores… hemos vivido y viajado por más de 30 países y hemos tratado con personas de los cinco continentes. Y lo que hemos observado, una y otra vez, es que son infinitamente más las similitudes que las diferencias.

La ira, el enfado

By María, 3 Abril, 2011, No Comment

            Uno de los mayores obstáculos que surgen en la relación de unos seres humanos con otros, es el enfado.  A lo largo de la infancia y adolescencia, se aprende a no manifestar la cólera, la rabia, el odio…, en definitiva, a reprimir los diferentes grados de enojo que vamos sintiendo. Se aprende este sistema de ocultación, por ensayo y error, porque el temor a la crítica de los otros es mayor, por miedo a que nos juzguen, nos desvaloren o nos castiguen, temor a quedarnos solos, etc. Pero no se aprende a resolverlo, se aprende a reprimirlo, a esconderlo. Sin embargo, el mecanismo de generar ira, odio, juicios de valor, etc., sigue muy activo, aunque oculto en nuestro interior.

        Enfadarse tiene muchos grados, desde un ligero malestar, a la furia más profunda, pasando por el odio, la cólera, etc. Todas esas emociones son la misma, pero con diferente intensidad emotiva. Todas ellas tienen un denominador común: surgen de culpar al otro del malestar propio.

        Un ejemplo:  Supongamos que a una persona, la llamaremos “A”, le preocupa mucho su aspecto y tiene un complejo terrible con las bolsas bajo sus ojos, que trata de ocultar con maquillaje y demás. Un día, esta persona asiste a una reunión muy importante para ella, se ha esmerado en su arreglo personal y tiene mucho interés en causar buena impresión. Ya reunidos, uno de los asistentes, al que llamaremos “Z”, le hace un comentario, delante de los demás, sobre sus ojeras. Nuestra protagonista sonríe y desvía el tema de conversación, pero internamente siente una enorme ira, rabia, hacia el indiscreto compañero. ¿Qué ha pasado ahí?

       “A” ya tenía un problema anterior: el miedo a que por su aspecto la juzgaran y la menospreciaran. “Z” pudo haber hecho el comentario con intención malévola o no, y eso sería otro problema. Pero “A” culpa a “Z” de su angustia y miedo, pensando que la ha puesto en evidencia. En realidad, si “A” no tuviera ese miedo anterior, podría no verse afectada por el comentario. Pero el miedo se ha despertado en su interior, ha magnificado el comentario y escapa, más o menos inconscientemente, culpando a “Z” y, generando con ello, ira hacia él. Esa ira, ese odio, puede esconderlo o darle rienda suelta, aunque con cualquiera de esas dos opciones va a aumentar el problema, reforzando el mecanismo destructivo de producir ira.

         La ira se acumula, estropea la percepción de la realidad y confunde la mente. Afecta al cuerpo de diferentes maneras y, con el tiempo, se vuelve incontrolable. Ese mecanismo de generar odio debemos resolverlo desde su raíz, no ocultarlo, racionalizarlo o sacarlo afuera dejándonos arrastrar por ello.

        Nos hemos enfocado en el aspecto externo de la mente: en el “saber estar”, en dar buena imagen al relacionarnos o mostrarnos, etc. Sin embargo, para estar bien con nosotros mismos y con los demás, tenemos que poner orden en nuestro interior.

El sentimiento de libertad

By María, 19 Febrero, 2011, No Comment

         Se suelen confundir, y entremezclar, el concepto de libertad física con el de sentimiento de libertad. Aunque en espacios abiertos, a veces, se experimenta una cierta sensación de libertad, el sentimiento de libertad es mucho más que no estar encerrado físicamente.

          Cuanto menor es el temor a la incertidumbre, mayor es la sensación de libertad. Cuando uno emprende una aventura, que puede ser desde tener un hijo a cambiar de ciudad, o iniciar un nuevo proyecto laboral, o un viaje sin rumbo fijo…, la incertidumbre respecto al curso de los acontecimientos y al futuro, aumenta considerablemente. Abordar las nuevas situaciones en la vida tratando de controlar o planificar en exceso lo que va a ocurrir, puede darnos una aparente sensación de seguridad, pero la sensación de libertad y de alegría se verán mermadas.

         Una cierta planificación, con sentido común, puede ser necesaria e inteligente; pero los movimientos psicológicos que tratan de controlar el temor al futuro, a lo que pueda pasar, embotarán irremediablemente los sentimientos y el gozo de vivir. El temor coarta la libertad, son extremos opuestos.

          Por otro lado, aclarar que lo opuesto al temor no es el riesgo. Arriesgar, es decir, ponerse en riesgo, se lleva a cabo reprimiendo el sentido del peligro y el miedo. La verdadera valentía no es actuar pese al miedo, sino actuar sin miedo. Cuando alguien se pone en riesgo y no le ocurre nada, suele sentir una reacción psicológica emocional que podríamos denominar euforia. Esta euforia, que no es sentimiento de libertad real, se debe a que la persona cree íntimamente que ha superado el miedo. En realidad lo ha pasado por encima, lo ha reprimido. Suele ocurrir que esta represión del temor, reprime la capacidad de sentir, tanto lo malo como lo bueno, y puede desembocar en una persecución de nuevas sensaciones de euforia. Cuanto más se repita el proceso, mayor embotamiento y mayor adicción a las sensaciones “fuertes”.

         En cambio, la resolución del temor, la disminución o ausencia de temor, aumentan el sentimiento de alegría, de gozo y disfrute de la vida. Sobre la resolución del temor hemos hablado en varios artículos.

    Pero, ¿qué ocurre cuando se actúa, a pesar del miedo, y se deja de tener miedo?  Jesús R plantea esta cuestión en el foro de esta página. En el ejemplo que el plantea es el temor a conducir, lo hace pese al miedo y acaba conduciendo sin temor. Para entender lo que ocurre en casos como éste, hay que comprender que el temor a conducir no es “per sé”, sino que hay un temor subyacente, como podría ser, sin entrar en cuestiones personales, el temor a accidentarse y dañar a alguien, o a sentirse torpe o menos hábil que los demás, o a hacerse daño a uno mismo, o a morir, etc. Cualquiera que fuera el miedo subyacente, y siguiendo el ejemplo, cuando la persona va aprendiendo a conducir y se siente más diestro, perderá el miedo a accidentarse y, por tanto, el temor a conducir. Pero ¿qué ocurre con el miedo subyacente? Sea el que sea, seguirá latente y tenderá a surgir en otras situaciones.

          Resolver el miedo no es sencillo y en muchas situaciones de la vida no quedará más remedio que actuar como en el ejemplo, es decir, a pesar del miedo. Pero hacer esto supone estrés, sufrimiento y en la mayoría de las ocasiones, o bien los miedos van creciendo o bien crece la insensibilidad, y por tanto, el tedio. 

Sobre la naturaleza

By María, 26 Septiembre, 2010, 1 Comment

     La naturaleza es la parte del planeta menos transformada por la mente y la mano del ser humano. Ha evolucionando a través de milenios, adaptándose al medio y transformándolo al mismo tiempo. Sus formas, colores, olores, sonidos…, están, en su conjunto, en armonía, y producen un gran beneficio en la mente humana.
      Las ciudades han sido ideadas por la mente humana y, por tanto, construidas a su semejanza, con similares problemas y virtudes que los que el ser humano arrastra y logra. Un ejemplo de esto es el ruido mental, o persistente parloteo del pensamiento, en analogía con el ruido de las ciudades.
     A la naturaleza uno puede ir con diferentes actitudes, con diversas intenciones. Se puede ir a descansar, a batir la propia marca en el ascenso a una montaña, a comer con amigos, etc.
     Pero si por un rato nos sentamos y tratamos de escuchar los sonidos del bosque, o del agua que corre entre las rocas, o del viento, con interés por percibir, la mente se calma, observa, escucha, ve, huele y siente, en completo silencio. Sin que el pensamiento diga nada, ni siquiera “que bonito” “que paz”, sin traducir a palabras lo que ve, oye o siente.
     Entonces la mente está activa y en silencio, un silencio interno que lo inunda todo. Esto produce una gran calma y salud para la mente, el cuerpo y el alma.

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Educar

By María, 14 Febrero, 2010, 1 Comment

La propia palabra “educar” significa guiar, conducir en el conocimiento.

Los adultos debemos conducir a los niños y jóvenes en el conocimiento externo de la vida, sus normas, costumbres, relaciones, comportamiento particular y social…, y en el conocimiento interno. Tan importante es el cuidado del cuerpo, como el conocimiento de las leyes del pensamiento que le permitirán saber cómo utilizarlo adecuadamente, el conocimiento de las sensaciones y emociones, descubrir el papel que ocupan en su vida y cómo afrontarlas, cómo alcanzar los sentimientos…

Para poder llevar a cabo esta importante labor, es necesario que el niño comprenda.  Los niños, como todos los seres humanos, entienden mejor cuando se les explica con paciencia, con firmeza si es necesario, pero también con afecto. Si la educación está basada en el premio y castigo, en gritos y enfados, no será un aprendizaje inteligente, profundo, no se le ayudará al niño a despertar su inteligencia. Por contra, desarrollará la astucia, porque se le estará enseñando a modificar su comportamiento por miedo al castigo, o por el deseo del premio, sin que llegue a entender qué es lo que le beneficia o perjudica y por qué. 

En el sistema educativo actual, se suele actuar sobre los efectos: que estudie, que no beba, que no fume, que no conteste, que no sea violento, ni caprichoso… Pero el comportamiento, sea éste el que sea, es el efecto de conflictos internos, y para cambiar los efectos que asoman en el comportamiento, ha de ser resuelta la causa, de lo contrario, se modificará el comportamiento por represión, lo cual indica que el problema no ha sido resuelto, sólo escondido, pospuesto.

Por ejemplo, si un niño no estudia y suspende, se le suele catalogar de vago, que no estudia porque no le da la gana, o que toma el pelo a los padres…,  y otras conclusiones por el estilo que dan pie a la presión, el mal humor y los castigos. Con esta actitud de los adultos, el niño puede desarrollar diferentes problemas tales como agresividad,  ansiedad,  angustia, encerramiento en sí mismo, inquietud, rebeldía, depresión, orgullo, miedo, torpeza… En lugar de ejercer presión, tanto psicológica como física, para conseguir que el niño estudie, debemos descubrir cual es el impedimento, qué le pasa al niño, qué problema hay detrás de su actitud, qué conflictos puede haber en su proceso cognitivo (sus ideas, conceptos y pensamientos) o en el afectivo (sus emociones y sensaciones). En muchos de estos casos suele ocurrir que el niño no puede estudiar porque su pensamiento está muy disperso, llevándole de una cosa a otra, a pesar suyo, y esto le impide concentrarse. El pensamiento disperso es el síntoma de un conflicto emocional que el niño no sabe resolver y que la presión de los adultos, posiblemente, agravará.

Para que los chicos puedan desarrollarse adecuadamente, en armonía y con inteligencia,  deben sentirse seguros, protegidos, queridos, esa es la base, el clima donde sus mentes se desarrollarán adecuadamente y, por tanto, tendrán un comportamiento y una actitud adecuadas.  

Los educadores deben ser firmes y exigentes cuando sea necesario, pero siempre emocionalmente del lado del niño, sin recurrir al chantaje emocional. Para conseguirlo, los propios adultos deben aprender a poner a punto sus recursos cognitivos, y a resolver sus propios conflictos emocionales. En las relaciones más intensas y cercanas, familiares,  es donde se es más susceptible de despertar los conflictos que cada persona tiene sin resolver, y más aún si una de las partes detenta algún grado de responsabilidad sobre la otra. Ambas circunstancias se dan en el caso de las relaciones padres-hijos. Y también, aunque en circunstancias formales diferentes, en las relaciones profesores-alumnos.

Aprender a ser firme y afectuoso al mismo tiempo, exigente aunque flexible ante las demandas de los niños, apoyar en lugar de criticar, buscar soluciones a los problemas de forma inteligente, descubriendo las posibles causas de los conflictos, observar el propio comportamiento para descubrir cómo puede estar influyendo en el problema…,  son algunas de las cosas que hacen satisfactoria la aventura, el desafío de educar.

Imaginar y fantasear

By María, 30 Enero, 2010, 2 Comments

Imaginar,  fantasear, soñar despierto, visualizar…,  muchos son los que potencian estas actividades del pensamiento, pero pocos los que se detienen a comprender sus beneficios o perjuicios.

Utilizar el pensamiento en imágenes para reflexionar, planificar, resolver problemas, recordar cuestiones prácticas o hechos , crear…, sin duda, es de gran utilidad.  Sin embargo, fantasear produce emociones, generalmente placenteras, basadas en hechos inventados, irreales.  Es el equivalente a una droga,  “droga psicológica”, que produce un falso bienestar con su consiguiente decaimiento posterior, y que incita a administrarse una nueva “dosis”, en este caso de irrealidad. Fantasear es adictivo, solo tienen que intentar no caer en ese hábito, para darse cuenta de que no resulta tan sencillo evitarlo. Incluso, muchas personas son apenas conscientes de que fantasean.

Fantasear, ensoñar con una vida diferente, es una forma de evadirse de la realidad,  porque algo de ésta les desagrada o hace sufrir, y sin saber cómo resolverlo, escapan hacia una vida inventada, construida a la medida de los deseos del soñador. Genera, en casos avanzados, una vida paralela que confunde la mente, la desorienta y bloquea. 

 Una persona que ha aprendido a afrontar la vida cotidiana, que vive con intensidad y curiosidad la vida, no necesita fantasear, no necesita evocar irrealidades. Cuanto más fantasea una persona, más se incapacita para vivir la vida cotidiana con profundidad, pués malgasta su energía psicológica, por así decirlo, que es necesaria para afrontar los  desafíos del día a día y profundizar en su entendimiento.

El sufrimiento de la estética

By María, 9 Enero, 2010, 2 Comments

Actualmente hay una gran ocupación, y preocupación, por el aspecto físico. Se cuida mucho la apariencia, la imagen que se ofrece ante los sentidos, propios y ajenos.

Tanto preocupa la apariencia, que las operaciones de cirugía estética se han incrementado considerablemente: se quitan costillas para afinar la cintura, se raspan los huesos de la cara para afinar el óvalo, se cambia la nariz, se absorbe grasa de aquí y allá, se implantan pelos en la cabeza y se quitan otros de la cara y extremidades, se meten bolsas de diferentes sustancias en los pechos para hacerlos más abultados, se introducen sustancias para darle más grosor a los labios, se inyectan toxinas para paralizar los músculos del rostro, se estira la piel para aparentar más joven… y algunas otras operaciones más agresivas aún para el cuerpo humano.

También hay personas que queriendo verse, o que les vean, más altas, se alzan sobre tacones de muchos centímetros y caminan casi de puntillas sobre elevadas plataformas.

Se suele decir que si una operación de cirugía estética te hace sentir bien, más feliz, ¿por qué no hacerlo?  “Si se te quitan los complejos con la cirugía…”  Con esta poco acertada reflexión, se entra en la desafortunada espiral de impiedades que se le hacen al cuerpo.

¿Realmente creen que es así?

Un adicto a las drogas podría hacer la misma reflexión:  “Me hace sentir bien y me quita los complejos, además, no hago daño a nadie…”
A veces no es sencillo discernir el límite existente entre una intervención necesaria y una derivada de conflictos psicológicos que no se saben resolver. Una intervención necesaria es, por ejemplo, normalizar una cara que ha sufrido quemaduras, o un tabique nasal realmente desviado, colocar los dientes en su sitio mediante una ortodoncia…, entre muchas otras. Una operación derivada de un conflicto psicológico sería la que modifica la figura y apariencias normales o naturales, propia de la inmensa variabilidad del ser humano y de su edad.

Millones de seres humanos que habitan este planeta, luchan a diario contra su propio cuerpo para ser admirados por el resto de la humanidad. ¿Por qué?  ¿Por qué someterse a esta esclavitud a los demás, a su opinión y admiración? ¿Por qué torturan sus cuerpos? Hay un gran sufrimiento detrás de todo esto, pero no encontrando una verdadera solución para resolverlo, se operan.

Pero el sufrimiento psicológico no termina con la intervención quirúrgica. La necesidad de admiración, aceptación o reconocimiento, surgen del temor a ser rechazados, ignorados o menospreciados…, y estos temores no se quitan con una intervención quirúrgica, ni con drogas, sean éstas de la clase que sean. Un temor es la manifestación de experiencias, conclusiones, pensamientos, ideas y actitudes erróneas, que genera sufrimiento, confusión, reacciones perjudiciales… Es algo a resolver entendiendo, comprendiendo lo que nos ocurre, con todas sus implicaciones, racionales y emocionales. Entonces sí, se resuelven el temor y el sufrimiento, porque hemos ordenado nuestra mente.

Este apasionante proceso de entender los problemas, nos conduce a un bienestar profundo, a un aumento de la curiosidad por la vida, a una amplitud de la mente con sus capacidades.

El cuerpo es importante, tan importante que debemos aprender a escucharlo, a cuidarlo, a respetarlo, a mantenerlo limpio, sano, fuerte y bello. Pero le damos tanta importancia al aspecto mas externo del cuerpo, que lo torturamos, mutilamos, pintamos y distorsionamos. Y a esos cuerpos mutilados se les dice que son atractivos,  cuando en realidad esconden un gran dolor, sea este dolor consciente o inconsciente.