La propia palabra “educar” significa guiar, conducir en el conocimiento.
Los adultos debemos conducir a los niños y jóvenes en el conocimiento externo de la vida, sus normas, costumbres, relaciones, comportamiento particular y social…, y en el conocimiento interno. Tan importante es el cuidado del cuerpo, como el conocimiento de las leyes del pensamiento que le permitirán saber cómo utilizarlo adecuadamente, el conocimiento de las sensaciones y emociones, descubrir el papel que ocupan en su vida y cómo afrontarlas, cómo alcanzar los sentimientos…
Para poder llevar a cabo esta importante labor, es necesario que el niño comprenda. Los niños, como todos los seres humanos, entienden mejor cuando se les explica con paciencia, con firmeza si es necesario, pero también con afecto. Si la educación está basada en el premio y castigo, en gritos y enfados, no será un aprendizaje inteligente, profundo, no se le ayudará al niño a despertar su inteligencia. Por contra, desarrollará la astucia, porque se le estará enseñando a modificar su comportamiento por miedo al castigo, o por el deseo del premio, sin que llegue a entender qué es lo que le beneficia o perjudica y por qué.
En el sistema educativo actual, se suele actuar sobre los efectos: que estudie, que no beba, que no fume, que no conteste, que no sea violento, ni caprichoso… Pero el comportamiento, sea éste el que sea, es el efecto de conflictos internos, y para cambiar los efectos que asoman en el comportamiento, ha de ser resuelta la causa, de lo contrario, se modificará el comportamiento por represión, lo cual indica que el problema no ha sido resuelto, sólo escondido, pospuesto.
Por ejemplo, si un niño no estudia y suspende, se le suele catalogar de vago, que no estudia porque no le da la gana, o que toma el pelo a los padres…, y otras conclusiones por el estilo que dan pie a la presión, el mal humor y los castigos. Con esta actitud de los adultos, el niño puede desarrollar diferentes problemas tales como agresividad, ansiedad, angustia, encerramiento en sí mismo, inquietud, rebeldía, depresión, orgullo, miedo, torpeza… En lugar de ejercer presión, tanto psicológica como física, para conseguir que el niño estudie, debemos descubrir cual es el impedimento, qué le pasa al niño, qué problema hay detrás de su actitud, qué conflictos puede haber en su proceso cognitivo (sus ideas, conceptos y pensamientos) o en el afectivo (sus emociones y sensaciones). En muchos de estos casos suele ocurrir que el niño no puede estudiar porque su pensamiento está muy disperso, llevándole de una cosa a otra, a pesar suyo, y esto le impide concentrarse. El pensamiento disperso es el síntoma de un conflicto emocional que el niño no sabe resolver y que la presión de los adultos, posiblemente, agravará.
Para que los chicos puedan desarrollarse adecuadamente, en armonía y con inteligencia, deben sentirse seguros, protegidos, queridos, esa es la base, el clima donde sus mentes se desarrollarán adecuadamente y, por tanto, tendrán un comportamiento y una actitud adecuadas.
Los educadores deben ser firmes y exigentes cuando sea necesario, pero siempre emocionalmente del lado del niño, sin recurrir al chantaje emocional. Para conseguirlo, los propios adultos deben aprender a poner a punto sus recursos cognitivos, y a resolver sus propios conflictos emocionales. En las relaciones más intensas y cercanas, familiares, es donde se es más susceptible de despertar los conflictos que cada persona tiene sin resolver, y más aún si una de las partes detenta algún grado de responsabilidad sobre la otra. Ambas circunstancias se dan en el caso de las relaciones padres-hijos. Y también, aunque en circunstancias formales diferentes, en las relaciones profesores-alumnos.
Aprender a ser firme y afectuoso al mismo tiempo, exigente aunque flexible ante las demandas de los niños, apoyar en lugar de criticar, buscar soluciones a los problemas de forma inteligente, descubriendo las posibles causas de los conflictos, observar el propio comportamiento para descubrir cómo puede estar influyendo en el problema…, son algunas de las cosas que hacen satisfactoria la aventura, el desafío de educar.