La ansiedad es miedo

By María, 27 Abril, 2012, No Comment

      En la actualidad, el termino ansiedad (de latín ‘anxietas’: angustia, aflicción) se ha generalizado para referirse a una activación emocional desagradable relacionada con nerviosismo, temor y deseos de huir. La ansiedad es miedo. En los casos en que el origen de la ansiedad es identificable por la persona que la sufre, es más fácil darse cuenta de esta afirmación: la ansiedad son los síntomas del miedo. Sin embargo, en muchas ocasiones la persona no puede definir claramente el origen de esa emoción o sensaciones corporales desagradables, es en apariencia una reacción emocional intensa sin causa aparente. Esa percepción de falta de control sobre la reacción emocional, o sobre su posible origen, es a su vez un factor que aumenta la ansiedad, es decir, aumenta el temor y por tanto, aumenta la ansiedad, pudiendo llegar, por retroalimentación, a altos niveles de activación emocional, como es el caso de los ataques de pánico.
      A pesar de que en muchos ámbitos médicos y sanitarios, se considera que la ansiedad es difícil de erradicar, incluso llegando a afirmar que es un trastorno de por vida…, esto es falso. La ansiedad es relativamente fácil de erradicar con el tratamiento adecuado, es decir, comprendiendo que la ansiedad es miedo y que tiene componentes racionales y un origen explicable, aunque la persona, inicialmente, no pueda identificar el origen de su ansiedad. Comprender el origen de la ansiedad es una parte de su erradicación, sólo una parte. Para resolver la ansiedad hay que comprender, además, ciertos errores conceptuales en la forma de interpretar la vida y las experiencias y, especialmente, hay que aprender a abordar correctamente las emociones y sensaciones corporales, como hemos indicado en otras ocasiones, sin dejarse arrastrar por esas sensaciones, ni reprimirlas, ni tratar de controlarlas.

La locura y la cordura

By María, 31 Marzo, 2012, 1 Comment

      Un temor muy habitual que suele aparecer en el pensamiento de muchas personas es el miedo a “estar loco” o “volverse loco”. Suele ocurrir cuando el pensamiento se vuelve confuso o bloqueado, cuando se experimentan dificultades para pensar o recordar cosas simples o habituales, cuando se sienten sensaciones o experiencias desconocidas para la persona, o cuando por causa de algún conflicto, el pensamiento se vuelve incontrolable.

     Como exponemos habitualmente, el miedo hay que abordarlo sintiéndolo, explorando las sensaciones y emociones que despiertan ese miedo, incluso las sensaciones del miedo mismo. Sin embargo, entender racionalmente algunos conceptos, como en este caso, ayuda a realizar esta inmersión en el miedo y sus sensaciones.

       Cualquier persona tiene diferentes estados de ánimo, diferentes emociones, y también diferentes estados mentales. Los diferentes estados mentales van desde la calma mental, al pensamiento acelerado, pasando por diferentes estados de concentración, de vigilia o alerta, de embotamiento, cansancio mental o incluso bloqueo mental. Como en el caso de los estados emocionales, algunos de los estados mentales son fruto de conflictos sin resolver. Los estados anímicos y emocionales afectan a los estados mentales y a la inversa. Por tanto, los conflictos emocionales sin resolver, producirán actitudes mentales disarmónicas. Por ello, muchos de los problemas relacionados con la claridad mental o la capacidad de pensar, se resuelven cuando se abordan adecuadamente los conflictos psicológicos, tanto en sus aspectos emocionales como en los racionales o mentales.

Por María Ibáñez y Jesús Jiménez

Lo que nos gustaría y la realidad

By María, 23 Marzo, 2012, No Comment

      Cuando en su entorno, cercano o lejano, suceden acontecimientos con los que no está de acuerdo, lo más habitual es que se enoje, se enfade. Su pensamiento busca razones, lógicas o no, y se carga de razón. Cuando esto sucede, cuando usted tiene la razón y los otros están equivocados, cuando ve las cosas injustas, o a las personas egoístas, entonces el odio, la rabia y el rechazo, son la consecuencia inmediata de esta forma de pensar.

       Puede incluso que sus razones sean correctas, puede que sus explicaciones o reflexiones sean acertadas, pero si estas razones justifican su odio o lo promueven, entonces estará cometiendo un grave error. Nunca hay razón para odiar a otro ser humano. Puede que otras personas estén equivocadas, puede que estén actuando mal, no importa, cada ser humano está aprendiendo y, por tanto, cometerá sus propios errores, incluido usted mismo.

      Pero, por graves que sean estos errores, no hay nada que justifique el odio o la venganza. Uno no debe empeñarse en que las cosas sean como uno quiere o cree que deben ser, a cualquier precio. El empeño debe estar en entender, no en tener razón, aunque la tenga. 

     Si uno abre el grifo del lavabo y no sale agua, pueden pensar que lo lógico es que saliera agua, que debería salir agua, pero la realidad es que no sale. Ante este hecho, puede enfadarse, o averiguar por qué no sale agua. La realidad ha de anteponerse a cómo a uno le gustaría, o a cómo deberían ser las cosas.

    No hay que conformarse con una realidad injusta, pero tampoco justificarse con ella para odiar o castigar a otras personas. Si queremos cambiar lo que está mal, primero hay que entenderlo. Y ese entendimiento incluye a uno mismo.

Por María Ibáñez y Jesús Jiménez

Las emociones y el tiempo

By María, 10 Marzo, 2012, No Comment

          Muchas personas piensan, probablemente sin haber reflexionado sobre ello, que las emociones que se sienten en la infancia son cosas de niños, que desaparecen con la edad. Pensando de este modo, creen que con la edad uno no debería sentir temores, que no debería emocionarse con ciertas cosas, o disfrutar con cosas sencillas como un niño. Pero ser maduro no significa ser insensible, ni significa no tener emociones. 
      Por un lado, las emociones que se reprimen, en la infancia o despues, que no se han afrontado y sentido conscientemente, seguirán pendientes de resolver, por mucho tiempo que pase. Los temores que no se han resuelto (y si no se han sentido conscientemente no pueden haberse resuelto), no se solucionan con el paso del tiempo, pueden volver a surgir en circunstancias adversas.
     Por otro lado, la represión de las emociones, en un intento por no sufrir, anula también la capacidad de sentir alegría, de disfrutar los sentimientos gozosos de cosas aparentemente sencillas como beber un zumo de frutas, la belleza de las flores, comer un trozo de pan casero, contemplar un paisaje, el movimiento del agua, la simpatía de una persona, la ingenuidad, la brisa del mar… 

Por María Ibáñez y Jesús Jiménez

Ni culpar, ni culparse

By María, 4 Marzo, 2012, No Comment

       Uno de los grandes obstaculos para solucionar los conflictos es el habito mental de culpar, bien sea culpar a los demás como a uno mismo. Tanto si se culpa verbalmente o sólo mentalmente, surgirá rabia, animadversión, odio…, y posteriormente cansancio, decaimiento. Esto no sólo no solucionará el problema original, sino que lo pondrá más dificil. // One of the biggest obstacles to conflict resolution is the mental habit of blaming, either blame others as yourself. Whether verbally or just mentally, after you blame, anger arises, animosity, hatred … and then tiredness, weakness. TThat habit does not solve the original problem, but it will become more difficult.

Por María Ibáñez y Jesús Jiménez

Grados de confianza

By María, 4 Marzo, 2012, No Comment

       En las relaciones personales existen diferentes grados de confianza o cercanía, desde la intimidad en la pareja, la confianza con los seres queridos y los amigos, la cortesía con los conocidos y el respeto por cualquier ser humano. Es un error habitual no distinguir qué cosas pertenecen a uno u otro ámbito, generando conflictos en la relaciones.

Por María Ibáñez y Jesús Jiménez

Vivir con inteligencia

By María, 26 Diciembre, 2011, No Comment

 

Happy Christmas

Happy Christmas

             Es muy habitual (aún) que las personas no sepan cómo resolver sus temores, lo que hace que se orienten hacia escapar de sus miedos y utilizar la astucia para sobrevivir. Cuando esto ocurre, la persona utiliza la herramienta de la memoria para imitar, para saber dar una respuesta en cada momento, para mostrar que sabe, para convencerse a sí mismo y a los demás de que sabe, que todo está bien en su interior.

              Esforzarse en mostrar o aparentar, impide encaminarse hacia entender y, por lo tanto, los miedos irán en aumento. Así, la persona se orientará, inevitablemente en conseguir, en lograr lo que necesita o cree que necesita, muchas veces tratando de satisfacer necesidades más psicológicas que reales. En esta lucha por lograr, se enredará en la comparación con otras personas, la competencia, la rabia si se siente menos que la otra persona, el odio y la envidia, serán el fruto de todo ello.

             Desde muy joven reprimirá todo este estado interior, aprenderá a esconder todos sus temores, miedos, rabias, envidias…, y a sonreír y mostrarse amable en cualquier circunstancia. Lo reprimirá porque en su confusión creyó que lo más importante era que los demás le vieran como una buena persona. Llegará a controlar tanto su mundo interno de pensamientos y emociones, que se creerá sus propios engaños, culpando a los demás de sus enfados y odios, culpando a la Vida, a la familia, amigos, etc. Con todo ello se confundirá aún más, en ocasiones se bloqueará, se quedará en blanco… Será una mente avocada al sufrimiento.

             Algunos rasgos que pueden indicarle a uno mismo que esto está ocurriendo, son el extremo cuidado con las manifestaciones externas. En su aspecto físico, si engorda, si tiene un grano, el vestido, el peinado, las uñas…, todo ello cobra un valor desorbitado, se somete al cuerpo a torturas de dietas y operaciones con tal de esquivar el miedo a la posible desvaloración de los demás. En sus expresiones verbales y corporales, tenderá a no mostrar emociones, procurará sonreír y ser afable, por temor a que le vean débil y vulnerable. Ocultara lo más posible que no sabe algo o no sabe como hacer algo, por temor a que le vean torpe o tonta.

            Esta orientación tan externa de la mente es debido a que le preocupa mucho la opinión de los otros y, por lo tanto, está esclavizada a los otros seres humanos por sus propios miedos. Suelen tener un fuerte temor a que les menosprecien, a que les menos valoren y, como consecuencia, ser apartados del grupo, quedarse aislados y solos.

            Pero si la persona comprende que no hay posibilidad de escapar del miedo, del sufrimiento, de la ignorancia, que el miedo no se resuelve enterrándolo, escapando, engañándose… entonces emprende el único camino posible, el del entendimiento. Comenzará a preguntarse cómo entender lo que le ocurre y comenzará a desandar el auto-engaño. 

            Una persona que decide enfrentar sus temores, se orienta al entendimiento. Una mente así tenderá, y llegará, a no temer la opinión de los demás y, por lo tanto, preguntará con curiosidad, indagará hasta que entienda lo que no sabe. Si algo no comprende, dirá que no sabe, no disimulará, porque habrá entendido lo importante que es no confundir su mente, ni la de los demás, con disimulos y falsedades. Una persona que indaga en si mismo, que trata de comprender, sabrá ver la batalla en la que están inmersos también los demás en su interior, por tanto, tenderá a no juzgar ni condenar a los demás, y no generará odio. Tampoco justificará los errores ni se culpará, pues eso le impediría poner toda su energía en resolver esos erreores. 

          Aprender a vivir de esta manera es verdadera inteligencia.

Por María Ibáñez y Jesús Jiménez

La indignación inteligente

By María, 12 Junio, 2011, 1 Comment

        Hoy, paseando por la ciudad, nos hemos encontrado con hombres y mujeres adultos pidiendo limosna. En realidad no pedían, mantenían su cestillo en el suelo delante de ellos, algunos avergonzados. En una calle, al amparo de la soledad del mediodía, un anciano descansaba sentado en la acera, derrotado, agotado y solo, con todos sus enseres en una maleta junto a él. Hace unos días vimos a una mujer con un niño, que buscaba en las basuras algo que comer, el niño también buscaba.

         ¿Qué sociedad hemos forjado que ha dado prioridad a fabricar armas con todo tipo de tecnología, por ejemplo, antes que asegurar las necesidades básicas de los seres humanos? Necesidades comunes a todos, tales como la vivienda, ropa y alimentos. ¿Cómo aceptamos que los gobernantes utilicen el dinero en tantas cosas, sin ocuparse en lo más básico e imprescindible?

         Podemos cambiar este estado de cosas si depuramos nuestra mente de años de condicionamiento sobre el paradigma del esfuerzo individual, del sacrificio para lograr, de la supuesta igualdad de oportunidades, la competitividad…, y aprendemos a pensar de otra manera, con inteligencia.

        Si utilizáramos nuestra fuerza e inteligencia en colaborar, buscando el beneficio común, tanto en términos de bienestar psicológico como material, ¿no habríamos resuelto ya el hambre en el mundo? ¿No habríamos resuelto el tener una vivienda sin tener que esclavizarnos por 30 o 40 años para pagarla?

        Llevamos milenios tratando de conocer las leyes del Universo, y está muy bien, pero no hemos mostrado mucho empeño en conocer las leyes de nuestra propia mente. Sin embargo, es con nuestra mente con la que vemos e interpretamos el Universo y la Vida en su conjunto. Si ese extraordinario instrumento, que es la mente, está confuso, si no sabemos utilizarlo adecuadamente, la realidad será deformada irremediablemente, con el sufrimiento que ello conlleva. La sociedad que tenemos es fruto de esa confusión, de esa ignorancia.

        ¿Les da miedo pensar que si tuviéramos nuestras necesidades básicas cubiertas, quizá caeríamos en la indolencia e inactividad? ¿O creen que algunos se aprovecharían de esta situación, y abusarían de la buena voluntad de los demás? Esto no es así. Si cada ser humano tuviera sus necesidades básicas cubiertas, viviríamos todos más tranquilos, el trabajo no sería una esclavitud para poder pagar deudas y sobrevivir. La sociedad en su conjunto sería más inteligente y colaboradora. A todos nos gustaría ser útiles, especialmente cuando no tememos por nuestra supervivencia.

        Otro obstáculo que creemos tener es que resultaría muy costoso cubrir estas necesidades básicas para cada habitante del planeta. Una vez más, esto no es cierto. En el planeta hay recursos más que suficientes, tenemos la capacidad técnica y tecnológica, y la mano de obra necesaria. Sólo hace falta un cambio de mentalidad, cambiar el enfoque del beneficio económico como meta, por el del beneficio del bien común, que incluye el propio bienestar.

        Toda la raza humana somos un sólo colectivo. Todos pensamos, sentimos, aprendemos y, en el camino de buscar la felicidad, evolucionamos, aprendemos con los aciertos y errores que nos van sucediendo. Todos formamos parte de un tejido moral que va más allá de la productividad y el beneficio.

        La mente, el ser humano que lucha por el beneficio personal, sin tener en cuenta el bien común, está actuando así por miedo, sea o no sea consciente de ello. Miedo a ser pequeño e insignificante, a que le vean débil, a ser despreciado, a no sobrevivir, etc., y generará confusión, orgullo, ambición, odio y frialdad. Una mente así busca tener razón, no comprender, y entonces la mente se torna astuta. La astucia surge del miedo, no de la inteligencia, y conduce a más errores y miedos.

         Cuando uno lucha exclusivamente por su bienestar, el miedo aumenta, y enferman la mente y el cuerpo. Pero cuando uno genera odio hacia los que luchan por su interés personal, hacia los que matan con hambre y con bombas, también genera confusión, ignorancia y miedo.

          El instrumento para cambiar el mundo ha de ser la inteligencia, la comprensión, la resolución del miedo (sobre como hacer esto ya hemos escrito en otros artículos y libros). Ha de ser la no separación de unos y otros, ni por ideologías, ni por intereses laborales, ni económicos.

          La revolución ha de ser pacífica en la acción y en el corazón. La indignación ha dado paso a la acción, pero debe ser una acción pacífica, con firmeza pero sin violencia ni agresividad. La firmeza actúa sin agredir al otro, sin odio, con la fuerza de la verdad, facilitando al otro rectificar sin tener que humillarse ni someterse, sino uniéndose a lo correcto: el bien común.

         Todos deberíamos levantarnos, insumisos a lo que está sucediendo. La acción no debe ser sólo de los jóvenes, porque entonces fracasará. La indignación no debe ser contra nadie, debe ser contra la ignorancia de la mente humana, tanto de los poderosos, de los banqueros, como de los pobres y de los ricos. La indignación debe ser de los mayores, de los jubilados, de los parados, de los sin techo, de los trabajadores y de los jóvenes, pero también de los profesionales, de los empresarios, de las fuerzas de orden público, de los políticos…, de todos. No debe ser de ninguna afiliación política, porque la indignación frente a la injusticia, pertenece a la conciencia humana en su conjunto.

Por María Ibáñez y Jesús Jiménez

Depresión sin medicación

By María, 3 Junio, 2011, 1 Comment

       Según un estudio llevado a cabo en España durante tres años, y publicado en la revista European Psychiatry (Psiquiatría Europea), 8 de cada 10 pacientes abandona la medicación con antidepresivos antes del periodo prescrito. De este porcentaje, el periodo de mayor abandono es en los primeros cuatro meses. Los resultados de esta investigación, realizada por un equipo del Instituto Catalán de Salud y del IDIAP Jordi Gold de Lleida,  evidencia que el tratamiento farmacológico es altamente ineficaz como solución a este trastorno.

      Los psicofármacos son medicamentos utilizados para tratar de corregir trastornos cognitivos, emocionales, perceptivos o de conducta. La realidad es que actúan sobre los procesos neuroquímicos cerebrales, alterando la producción o la percepción de los síntomas por parte del sujeto que los consume, lo cual no puede ser una solución del problema psicológico. En el mejor de los casos pueden servir de muleta, es decir, un paliativo temporal de los sintomas. Los problemas de origen psicológico, como la depresión, la ansiedad, agorafobia, etc. sólo pueden resolverse con abordajes psicológicos.

     Para solucionar un problema psicológico hay que entender su origen y enfrentar los factores asociados a él, tanto emocional como racionalmente.

Por María Ibáñez y Jesús Jiménez

Similitudes humanas

By María, 13 Mayo, 2011, No Comment

          Una de las circunstancias que constatamos a diario, es cómo de parecidos son entre sí muchas personas que, sin embargo, entre ellas, se perciben muy diferentes, casi antagónicas.

     Podemos, por ejemplo, tratar a Marcos (los ejemplos son figurados) de aspecto desaliñado, que se dedica al mundo de la música, le gusta escalar, lleva “rastas” en el pelo, conduce una furgoneta, se considera ideológicamente alternativo, etc; o a Juan José, un empresario, con varias decenas de empleados a su cargo, de aspecto cuidado, conduce un vehículo de alta gama, tiene mentalidad de ejecutivo…; o a Erika, una joven estudiante de formación profesional, vestida de “gótica”, conduce una “scooter”, y lo que le gusta es salir con las amigas…; o a  Mónica, una mujer profesional, orgullosa de su familia, conduce un todoterreno, y le interesa el medio ambiente y la crisis económica. Se da el caso de que entre ellos se ven diferentes, sin mucho de que hablar ni comunicar, un abismo de ideas les separa. Sin embargo, los cuatro tienen preocupaciones personales similares, como temor a la soledad, a sentirse desvalorados, miedo al fracaso, ira reprimida, quieren relacionarse mejor con los demás y sentirse bien consigo mismos.

     Tratamos a médicos y pacientes, empresarios y empleados, profesores y alumnos, jubilados y estudiantes, artistas y contables, padres e hijos, hombres y mujeres, niños y adultos, ateos y creyentes, solteros, casados, divorciados, viudos, jóvenes y mayores… hemos vivido y viajado por más de 30 países y hemos tratado con personas de los cinco continentes. Y lo que hemos observado, una y otra vez, es que son infinitamente más las similitudes que las diferencias.

Por María Ibáñez y Jesús Jiménez